Testigo felino presencia el combate



1972. Aquella familia de gatos quería cambiar de aires. Nada mejor que el Coliseo romano para establecerse y empezar una nueva vida. Pero no contaban en que, esa misma tarde, un chino y un americano decidirán darse de hostias entre columna y columna. La curiosidad mató al gato - dice el refrán - así que papá gato fue a comprobar que aquellos humanos no destrozaran el patrimonio histórico. Visto el percal, papá gato volvió con su familia y les propuso mudarse a la torre de Pisa. Pero mamá gato no estaba dispuesta a abandonar su nuevo hogar. Habían sido muchas horas de maletero como para que ahora dos idiotas les destrozaran el plan. Y se fue corriendo hacia los humanos dispuesta a sacar la uñas, los colmillos y lo que hiciera falta. El chino y el americano seguían mirándose para comprobar que no se habían equivocado de rival y cuando la duda quedó despejada empezaron a entrenar porque vieron que tenían tiempo de sobras. Fueron las patadas del americano y las caras que ponía el chino las que hicieron meditar a mamá gato. Y de pronto pensó que la idea de la torre de Pisa tenía su gracia. Si conseguían el punto justo de equilibrio la convivencia podría llegar a ser confortable. El matrimonio felino empezaba a hacer las maletas cuando comprobaron que bebé gato había desaparecido. Pensaron lo peor y le imaginaron entre los puños del americano o las patadas del chino. Pero hacia ya rato que bebé gato había escogido el mejor sitio para ver el combate. Y dejó claro que no bajaría hasta que uno de los dos hombres cayera.

Bruce Lee se enfrentaba a Chuck Norris en el mítico y silencioso combate final de El Furor del Dragón (Bruce Lee, 1972).