Bring me your loves

En una dimensión paralela en la que tengo twitter, me veo creando montajes sobre un conocido torero (a punto de entrar en prisión) insertado en el cartel de aquella estupenda cinta de Spike Lee. En lugar de eso, recuerdo que lo mejor de todo aquello era la historia de Philip Seymour Hoffman y de paso menciono sin que venga a cuento a Annie Clark, que siempre es capaz de mejorar un texto, una noche y si me entusiasmo, una película entera.

La última noche (Spike Lee, 2002).

Narraciones Pulp

Igual que el joven fan se viste como su ídolo cantante, todos los profesores de religión que conocí llevaban barba y melenas. Con el último que topé ya hubo mal rollo y mis ideas (o la falta de ellas) provocaron ciertas hostilidades que se solucionaron con hipocresía y diplomacia. Él me hubiera llevado a la hoguera por hereje y yo me hubiera conformado con obligarle a visionar La Vía Láctea (1969), que seguramente hubiera creado más diálogo en el aula que sus discursos anti-masturbación. Ahora, muchos años después, consigo localizarle, le envío la cinta de Buñuel y firmo el remitente como Elvis.

Las cosas importantes de Robert Fulghum

Las cosas importante sobre cómo vivir, que hacer y cómo debo ser, las aprendí en el parvulario. La sabiduría no se encontraba en la cima de la montaña de la universidad, sino allí, en el parvulario. Éstas son las cosas que aprendí: Compártelo todo. Juega limpio. No pegues. Vuelve a dejar las cosas donde las encontraste. Limpia todo lo que hayas ensuciado. No tomes cosas que no son tuyas. Pide perdón cuando lastimes a alguien. Lávate las manos antes de comer. Sonrójate. Las galletas calientes y la leche fría son buenas para ti. Ten una vida equilibrada: aprende, piensa, dibuja, pinta, canta, baila, juega y trabaja todos los días un poco. Duerme una siesta todas las tardes. Cuando salgáis al mundo, tened cuidado con el tráfico, tomaos de las manos y manteneos unidos. Maravíllate. Recuerda la pequeña semilla: las raíces se hunden en la tierra, la planta crece y nadie sabe con certeza cómo ni porqué, pero todos somos así. Los peces de colores, los hámsteres, los ratones blancos e incluso la pequeña semilla: todos mueren. Y nosotros también. Recuerda los libros infantiles y la primera palabra que aprendiste, la más grande: MIRA. Todo lo que necesitas saber está allí, en alguna parte. La regla de Oro, el amor y la higiene básica. La ecología y la política, la igualdad y la vida sana.

Toma cualquier de estos ítems, tradúcelo en términos adultos sofisticados y aplícalo a tu vida familiar, a tu trabajo, a tu gobierno o a tu mundo, y seguirás siendo verdadero, claro y firme. Piensa cuánto sería mejor el mundo si todos (el mundo entero) comiéramos galletas con leche aproximadamente a las tres de la tarde todos los días y después nos acostáramos a dormir las siesta con nuestra manta preferida. O si todos los gobiernos tuvieran como regla básica guardar las cosas donde las encontraron o limpiar lo que ensuciaron. Y sigue siendo cierto, no importa la edad, que al salir al mundo es mejor tomarse de la mano y no separarse.
 
Robert Fulghum
Las cosas importantes las aprendí en el parvulario.

Percibirte bajo el agua

No sólo por motivos estéticos, poéticos o extracinematográficos, que también. Si te miras L’Atalante (Jean Vigo, 1934) sentirás que su coherente secuela se titula Eraserhead (David Lynch, 1977).

Free Master Class

Pauline (Jennifer Jason Leigh) a su hermana Margot (Nicole Kidman).
 Pauline (Jennifer Jason Leigh) a su novio Malcolm (Jack Black). Margot y la boda (Noah Baumbach, 2007).

Enemigos del espíritu

El número once será la clave. Dibujas tu primer cómic a los once años, una epopeya de once viñetas que contenía las once claves de un presente cercano para muchos. 1) La ilusión por un futuro despegue. 2) La inquietud abrazando la incertidumbre. 3) Alarma y pánico. 4) Cosas que hacen Bum. 5) Informe de los daños colaterales. 6) Violencia verbal. 7) Violencia física. 8) La incertidumbre abrazando la miseria. 9) Sospechosos habituales. 10) Presentimientos numéricos. 11) Precariedad laboral y victoria mística.

The end is near

El cineasta de manual terminará la cinta con un plano general montado en grúa que se alejará lentamente y le permitirá insertar el rollo de créditos. Todo un rollo en todos los sentidos. Lo que siempre me va a fascinar será aquel cineasta que se aleja de la norma y termina la cosa con un plano corto con o sin diálogo final. Si confecciono rápidamente un trío de finales cercanos seguramente me quedaré con: 3) Érase una vez en América (1984): No hace falta haber sido delincuente para conmoverse con un De Niro que se coloca y sonríe para él mismo y para el espectador. 2) Reservoir Dogs (1992): Acercamiento a dos personajes en estado crítico. Dos últimos disparos y un fuera de campo. 1) Eyes Wide Shut (1999): La enésima leyenda Kubrickiana cuenta que ese final era una broma del cineasta que pensaba cortar en el montaje final. La muerte no le dejó rectificar y ahí tenemos a Nicole Kidman soltando una frase que deja eco…eco…eco.

La chica no iba en el coche

Cuenta Brian De Palma: -David Mamet es un individuo muy arrogante. Está convencido de que todo lo que escribe es genial-. De Palma lo dice por su mala relación con Mamet en Los Intocables (1987) y añade: -David Mamet estaba haciendo su primera película y se creía que lo sabía todo-. Esa primera película era Casa de Juegos (1987), estupenda cinta que siempre he colocado en el tríptico Estafa como Puedas junto a Nueve reinas (2000) y El Golpe (1973). Y aunque esa evidente arrogancia fluye en cualquier entrevista, a Mamet siempre le tendré que guardar cariño por The Spanish Prisoner (1997) y sobretodo y por encima de todo, por State and Main (2000), encantadora sátira que completaría el tríptico Cine sobre Cine junto a La noche americana (1973) y Atención a esa prostituta tan querida (1971). En un instante nocturno el personaje de Philip Seymour Hoffman se cruza con unos habitantes del pueblo y les copia la mejor frase de toda la cinta: En la vida no hay segundas oportunidades. Sólo tenemos la segunda oportunidad de cometer el mismo error.

A tus atardeceres rojos

Si al final resulta cierto aquello de que ya se ha dicho todo pero nadie escuchaba por lo que hay que repetirlo todo otra vez, lo más sensato será dar paso a lo que explica José Luis de Vilallonga en sus memorias:  

Orson Welles - creo que ocurrió durante el rodaje de El Proceso - le confesó a Jeanne Moreau que estaba enamorado de ella. “Muchos hombres – comentaba Jeanne con esa sonrisita amarga que la descubre tan frágil –me han dicho lo mismo en diferentes ocasiones sin que yo les creyera. Pero a Orson sí que le creí porque me hablo de ese amor por mí en un tono de profunda tristeza. Le creí porque el amor siempre es triste, ya que desde un principio sabe que va a morir joven.”

En la foto: Welles, Moreau y Anthony Perkins.

Matte Kudasai

La Sophie Marceau de La Fidelidad (Andrzej Zulawski, 2000) me explica que en ocasiones lo mejor de una canción, lo que realmente le emociona, lo que está esperando que llegue, son los últimos veinte segundos en los que hay ese cambio de ritmo, ese extraño clímax o ese extraño destello que hace tragarte toda la canción. Porque de no escucharla entera ese instante pierde el contexto y también el sentido y entonces no es lo mismo. A Sophie le ocurre con el Upside Down de Diana Ross y con varios temas del Hot Rats de Frank Zappa, pero llegado a este punto y al link anterior se planeta no terminar este

Sandrevan Lullaby

Le robas un heterónimo a Pessoa y paseas por una ciudad que abandonaste hace años. Vagabundeas por las calles y descubres que algunos se conforman con abrazos virtuales y caricias desenfocadas. Te topas con uno que te cuenta sin pudor su vida y sus amores, otro que muestra a su hijo en la camilla del hospital y a otra que te habla de sus viajes selectos y de sus triunfos simulados. Podrías llegar a perder la fe en la humanidad cuando observas a un ser que adhiere su teléfono a una barra de metal para poder conseguir un perfecto selfie mostrando la v de victoria o quizá de vendetta. Circulas esquivando a personas que han adquirido la destreza de caminar sin mirar hacia el frente y compruebas apenado como algunos semáforos permanecen en rojo oscuro. En un instante de calma, cuando los vehículos pesados se han alejado, cruzas el paso de peatones todavía en rojo y decides marcharte de la ciudad por la puerta trasera, que es la puerta por donde te vas cuando no quieres que nadie sepa que habías entrado.

Esplendor en la hierba

No puedo creer que haya vivido estos años sin haber visto La Vía Láctea (Luis Buñuel, 1969). 
Don Luis, pido perdón por la demora. En la próxima vida prometo acortar el encuentro.

Sacrifico audiovisual

Un sacrificio audiovisual será cuando miras una cinta que probablemente nunca mirarías pero que acabas viendo sólo porque aparece o trabaja algún colega. Escondo la carátula para disimular y bajo todas las persianas para asegurarme que nadie se entere que miro Tres metros sobre el cielo (2010). Sufro bastante durante el metraje y pienso en abortar la operación en varias ocasiones hasta que me topo con el amigo Francesc Reina tatuando a la enamoradiza María Valverde. La cosa me sirve para recordarle montado en la bicicleta de Policromía (2010) y si nada se tuerce en el actual proyecto lleno de sexo, drogas y rock’n’ roll. Quizá sin esto último.

Acción y riesgo

Sixto Rodríguez te demuestra que, aunque te cueste media vida, el que la sigue la consigue, Don Siegel te enseña siempre cuando debes colocar un primer plano y Thomas Carlyle te recuerda que para disipar una duda, cualquiera que sea, se necesita una acción.

Un cuba libre para Rainer

Cansado como estoy del teatro filmado, el único cine dialogado que supera mi intolerancia termina siendo todo lo filmado por Fassbinder. En esta desasosegante crónica de un rodaje, quizá la cara B de La Noche Americana (1973), fluyen decenas de buenas frases, desfilan los habituales personajes asqueados del cineasta y hace que retenga una escena en concreto: Una actriz alemana vacila a un camarero español y se anticipa varias décadas a la relación de poder que hay, y que siempre ha existido, entre dos países. Casi lo mejor: la única frase que los alemanes pronuncian repetidamente en español. 

Atención a esa prostituta tan querida (1971).

Birth in reverse

El amigo Sergi Puertas, que en nuestra película D ha ejercido todo tipo de roles, tiene varios poemas geniales. Uno de mis preferidos se titula Sony (Stereo).

Dice: Ya lo ha traído otras veces, ¿no? Asiento. Dice: Bien, le he estado echando un vistazo. Dice: Lo que pasa es que han ido haciéndole pequeñas chapuzas, pequeños arreglillos para que vaya tirando pero me temo que la maquina está ya tan parcheada que no sé yo… Dice: Vamos, que no se puede hacer funcionar las cosas a base de chapuzas para siempre. Dice: en pocas palabras: No tiene arreglo.

Y de repente ya no sé si estamos hablando de mi cadena de alta fidelidad o de mi vida.

On Days Like These

En días como éstos, cuando el cielo está azul, reviso esa maravilla que filmó Peter Collinson y encuentro en sus primeros tres minutos todo lo que le puedo pedir al cine: Un tema de Matt Monro musicado por Quincy Jones, un Lamborghini Miura fluyendo bajo un cielo azul, un conductor saboreando un instante irrepetible y un fuerte impacto que barre todo lo anterior pero que a cambio te acerca a otra siniestra belleza, armonizada con lo que Cronenberg plasmaría cuando conoció a Ballard. En días como éstos, cuando el cielo está gris, reviso la mejor persecución que se ha filmado nunca, saludo y linko a Rémy Julienne, y armonizo con Kieslowski al recordar su trilogía, dejando constancia que el azul, el blanco y el rojo son los colores que deben atravesar la pantalla. Primero con lentitud, luego con frenesí. 

Un trabajo en Italia (1969).

Lapidando un rato a Julian

En esa pequeña maravilla llamada El Arte (Conversaciones imaginarias con mi madre), Juanjo Sáez escribe: “Leí una entrevista con Julian Schnabel, artista y director de cine (sus cuadros son un bodrio y las películas pueden pasar). Decía, para hacerse el importante, que él empezó a dibujar a los 5 años, ¡Como si hubiera sido un niño superdotado! ¡Qué farsante! Todos dibujamos cuando somos niños y después unos lo dejan y otros no.” Subscribo todo lo dicho por Sáez y, tras ver Basquiat (1996), me pregunto si hay otro caso en la historia del cine en que un cineasta se incluya así mismo como personaje de la trama. Schnabel se cambia el nombre y le pone la cara de Gary Oldman pero uno se queda a cuadros ante tal ejercicio de ombliguismo. Pero me contesto yo solito al reconocer que eso mismo lo hace un dibujante, como lo puedan hacer un Ibáñez, un Toriyama o el propio Sáez, y el rollo autorreferencial lo recibo como simpático giño. Como decía el gran Lluís Marco al final de Dinamita: Reflexione'm-hi, si us plau, reflexione'm-hi.

Breaking Point

Vía Relámpagos Difusos.
En un instante concreto de mi inexplicable vida académica coincido con alguien del que hace poco descubro su nueva vocación. Durante un extraño curso comparto con ese alguien el amor por el dibujo, el humor grueso de las caricaturas y poco más que la libertad de creación. Un día le muestro el Circulo Primigenio, el fanzine de Juanjo Sáez, y entusiasmados con las posibilidades de ese humor absurdo, terminamos creando algo parecido con bromas privadas de nuestra clase. Algunas bromas gráficas son correspondidas y otras provocan disturbios variados. Millones de horas después, descubro que ese compañero de trazos y risas, del que conservo todavía algún boceto, es hoy un distinguido predicador que va por los sitios hablando sobre un tipo que se sacrificó por la humanidad, igual que Son Gokuh, y que desde entonces goza de un exitoso club de fans, también igual que Son Gokuh. Alguien me lo comenta en su momento pero no tengo en cuenta la información hasta que hace poco contemplo un vídeo de mi ex colega soltando un sermón ante una multitud de fans. Me quedo de piedra pómez escuchando sus palabras y me pregunto en qué momento hubo el cambio de interruptor y seguramente para sobrellevar el impacto hago sonar aquel disco y poco a poco todo empieza a mejorar.

La deuxième vie

Los chicos de la Nouvelle Vague están de acuerdo: no puede ser que dejes de escuchar algunas estupendas canciones por los recuerdos comprometidos que te traen. Igual que te resistes al ciberacoso de Google para que asocies cuentas que no quieres asociar, hay que desvincular aquella canción de aquel angustioso recuerdo y conseguir que avancen por carreteras separadas o como mínimo paralelas. Dale pues una segunda vida a todas aquellas canciones que te ruborizan porque un continuado reset te deja el disco duro jodido. El Polanski de las patillas lo piensa un segundo y también está de acuerdo en eso.