Kelly Preston y la brujería (Spellbinder)

Adolescencia. Noches de verano. Brujería y algo de sexo. La bella Kelly Preston es Miranda Reed, una joven que huye de una secta satánica. Un abogado la salva de los sectarios e inician un romance. Pero el culto satánico no dejará de acechar a la pareja hasta un final sorprendente. O al menos lo fue para un adolescente poco sorprendido. No menciono el título español porque, además de que es cutre a rabiar, sería como destripar Rosemary’s Baby (1968) llamándola La semilla del diablo. Escribo desde el recuerdo y aunque me temo que Spellbinder (1988) no soportaría un segundo visionado, el recuerdo sigue vivo y naturalmente idealizado.

Pero para deseos idealizados, una jefa de animadoras en un film de los 80. Esa jefa de melena rubia y falda rosa que, o será tonta del culo y encarnará a una mala puta, o bien querrá alejarse de la superficialidad para liarse con el freak previamente rechazado. En cualquiera de los casos, Kelly Preston siempre fue la más indicada para esos personajes. Basta recordar Admiradora Secreta (1985) y la ola de onanismo que debió provocar. Que provoca. Si se ha perdido gran parte de inocencia, se recomienda visionar Spellbinder con afecto y dejarse embrujar sin prejuicios. Lo ideal sería volver a sentir esas noches de verano en las que una película emergía de madrugada sin referencia previa. Brujería y algo de sexo. Spellbinder promete.