Sermón funerario para Cable Hogue

“Nos hemos reunido aquí, a la vista de Dios y con toda su gloria para despedir a Cable Hogue. En casi todos los funerales mienten sobre el difunto. Lo comparan con los ángeles y lo blanquean con brocha gorda. Pero, Señor, tu sabes y yo sé que eso no es verdad. En un hombre hay cosas malas y cosas buenas, como en todos. Cable Hogue nación en este mundo, pero nadie sabe cuando ni dónde. Llegó del desierto dando bandazos como un antiguo profeta. Partiendo de la nada, construyó su propio reino. Hay quien dice que era cruel. Pero hay cosas peores, Señor que acoger en tu seno a Cable Hogue.
No era un buen hombre ni era un mal hombre. Pero Señor, era un hombre. Cobraba demasiado caro, era tan mezquino como cualquiera. Sí, quizá hizo trampas, pero siempre con honestidad. Ricos o pobres, a todos estafó por igual. Cuando Cable Hogue murió no había un solo animal en el desierto que él no conociera. No había ni una estrella a la que no pusiera nombre. Ni había hombre que le asustara. La arena por la que luchó y amó por fin le ha cubierto. Ahora se ha ido arrastrado por el torrente de los años con las almas que pasan sin detenerse. En cierto modo, él era tu pálido reflejo Señor, y con razón o sin ella, creo que merece tu consideración. Pero si te parece que no es así, debes saber que Hogue vivió y murió en el desierto. Y estoy seguro de que en el infierno no hace demasiado calor para él. Nunca fue a la iglesia. No le hacía falta. El desierto era su catedral. Hogue amaba el desierto, lo amaba más de lo que decía. Construyó su imperio pero fue lo bastante hombre como para dejarlo por amor en su momento. Señor, como el día lleva a la noche, la vida nos lleva a la muerte. Le decimos adieu a nuestro amigo. Acógele Señor, pero conociendo a Hogue, sugiero que no le tomes a la ligera. Amén.”

Cable Hogue. Encontró agua donde no había. Descanse en paz.
La balada de Cable Hogue (Sam Peckinpah, 1970)