El efecto Van Damme


Cuando tenía 11 años era bastante fan de Van Damme. En dos ocasiones me compré la Dojo, bizarra revista que te permitía adquirir un traje de ninja, unos nunchakus y una espada samurai. No quiero ni pensar en las consecuencias de esas compras. Nunca vi una película entera, pero me fascinaba la programación de Cinturón Negro, el programa de Antena 3 que presentaba Coral Bistuer con películas de todos los imitadores de Bruce Lee y guerreros americanos. Patada voladora que provoca un Ránking eléctrico e improvisado: Bruce Lee, Jackie Chan, Van Damme y por último Chuck Norris. Seagal nunca.

He visto dos películas de Van Damme en pantalla grande. Sin escape (1993) no estaba mal, aunque le faltaban acrobacias y le sobraban gags familiares. Lo de Street Fighter (1994) no tiene perdón ni justificación. Lo más bizarro: Kylie Minogue y Raúl Julia. He visionado Kickboxer (1989) varias veces. Muchas veces. Alguna especie de extraña tara cerebral me impide cambiar de canal si se emite por televisión. Robé la carátula de Kickboxer en un videoclub y pensé en robar también la de Black Eagle (1988), una cinta que ni siquiera he visto entera. He visto una película mala pero divertida llamada Retroceder nunca, rendirse jamás (1986). Al protagonista se le aparece el fantasma de Bruce Lee y sigue un entrenamiento para derrotar al malote ruso (primera aparición de un Van Damme engominado). No he vuelto a ver ninguna cinta de Van Damme. Aunque su colaboración con John Woo o Ringo Lam siempre me ha despertado curiosidad.  Lo de JCVD (2008) sigue pendiente pero no hay prisa. Hace poco, charlando con McKeyhan me doy cuenta que nunca llegué a ver la célebre Contacto Sangriento (1988). Menudo fan.