Nadie ayuda a nadie

Welles acordándose de la madre de Spielberg
“En su última época, el gran proyecto de Orson Welles era hacer King Lear. Está en Francia, Jack Lang le manda llamar, le promete una serie de cosas, Welles se lo cree, se pone a trabajar como un loco…y no llega ni un duro de Jack Lang, así que se traga el sapo y se va a Estados Unidos para hacer unos anuncios. Pero aún le queda otro sapo, todavía más gordo. Le llama Spielberg y le invita a cenar. Durante toda la cena, Spielberg no deja de decirle que está emocionadísimo, que le tiemblan las manos por estar en presencia de un genio, y se le pone en plan cinéfilo: que si tal plano en tal película, que si aquella secuencia maravillosa…Welles le dice que muy bien, que encantado, pero a ver si le podría pasar algo de pasta para hacer King Lear. Cómo no, maestro. Spielberg le promete una llamada inmediata. Welles se queda en Los Angeles, una semana, dos semanas, esperando una llamada que nunca llega. Hasta que palma. Tiempo después hay una subasta y Spielberg paga cien mil dólares por el trineo de Ciudadano Kane. Ya sabes lo mucho que yo adoro a Spielberg, pero si me cuentan esa historia y lo tengo delante le rompo los huevos”.

Lo cuenta Álex de la Iglesia en La bestia anda suelta (Ed. Glénat, 1997).