Atrocidades de un jurado de cine

“Cuando comenzamos a discutir sobre las once películas a concurso, pronto quedó claro que no íbamos a ponernos de acuerdo. Cada miembro del jurado tenía su favorita, y los demás la rechazaban con desdén. Mirábamos a cada miembro que hablaba como si hubiera anunciado que era Napoleón Bonaparte y estuvieran a punto de llevárselo los hombres de las batallas blancas. Cada elección que no coincidía con la mía me parecía ridícula. Supongo que la idea de juzgar algo colectivamente va en contra de la creencia profunda e innata de que la justicia debe ser administrada por un solo magistrado omnipotente. No alcanzo entender cómo los miembros de los jurados de los juicios por asesinato llegan a un veredicto unánime. Consciente de que nos estábamos cansando e irritando, Jules Dassin (presidente del jurado) puso fin a la discusión sabiamente. Repartió unos papelitos y nos pidió a todos que escribiéramos nuestras tres películas favoritas por orden descendente. Hicimos lo que nos pidió, y sorprendentemente el ganador fínal no figuraba en la lista de ningún miembro del jurado. Nos acercábamos a un punto muerto, y la gente empezó a acalorarse. Nadie estaba dispuesto a ceder un ápice. Nos salvó una sola cosa: la necesidad desesperada de comer. Estábamos cansados, furiosos y hambrientos. Finalmente nos aferramos con gratitud a un candidato intermedio: un thriller alemán sobre un detective turco en Berlín. La película se había proyectado sin subtítulos y apenas había resultado comprensible. Pero tenía que servir.”

J.G. Ballard en su autobiografía “Milagros de vida” (Ed. Mondadori).