El salvaje oeste de Bronco Billy


De niño vi la foto en una revista. Clint Eastwood se tapaba los ojos con una venda y lanzaba cuchillos a una mujer atada a una mesa giratoria. También disparaba con sus revólveres y saltaba de su caballo. Nunca vi esa película pero poco después conocí a Harry Callahan y a Frank Morris. Desde entonces, adicción a Eastwood en cualquiera de sus registros. El otro día, por fin veo Bronco Billy (1980). Aquellas vibraciones infantiles tenían sentido. Ahora incluso más que entonces. Para muchos será una obra menor del cineasta, para mí: una entrañable y divertida comedia con encantadores personajes que comparten filosofía con la trouppe de Ed Wood (1994): la ilusión como motor de vida. El propio cineasta la selecciona como uno de sus títulos favoritos y añade: “Si realmente alguna vez como director he querido transmitir algo, se encuentra en Bronco Billy”.